lunes, enero 24, 2005

La víspera

Trabajar, mañana. Regreso al lugar donde las apariencias engañan. Ergo, para mañana construir esa apariencia, qué divina estás ¿te diste cuenta?, acabás de tener un bebé y ni se te nota --¿se supone que eso sea bueno?-- ¿cómo hacés para estar tan flaca? Cómo hago. Justamente. Cómo hago. Entonces: desbaratar el vértigo, dejar a los niños en buenas manos, vestirse de mujer (sí, con falda nena, con falda y que se la lleve el viento, porque eso de andar en bermuditas), disfrazarse de profesional y profesar la profesión medianamente, colocar ajustes tarifarios allí donde abundan las literaturas, olvidarse de esa clase de conversaciones en las que el interlocutor (psicoanalista, abogado, ingeniero u otro) insinúa que las mujeres vivimos obsesionadas por la verga, conocida o no, del sujeto en cuestión, es decir, del interlocutor --posponer hasta la semana que viene la encuesta correspondiente dirigida a secretarias y otras empleadas de la oficina con el objeto de verificar la hipótesis sugerida--.

Trabajar, mañana: privilegio que me toca en este país donde hoy por hoy tener empleo es más una cuestión de azar que de mérito propio. Pero mi jefe me quiere. El me pidió. Me lo ha dicho "Si yo no te hubiera querido, hoy no estarías aquí". Entonces saludaré “Hola, ¿qué tal?” a mi nuevo cancerbero (en adelante: Joe Noventa). “Hola Joe, ¿qué hay de nuevo? Heme aquí tu nueva y eficiente colaboradora. Puedes mirarme, sí, pero no te abuses, Joe, que eres un hombre casado y respetable y yo soy una dama no menos casada y respetable ¿sabes?”

Sin embargo, no tengo expectativas.